Mi cuerpo se mecía pendulante con la butaca, pero mi espíritu había caído pesadamente a lo profundo y, entre las sombras, sollozaba cayado. No podía abrir los ojos, no quería ver a ese fantasma burlón que se reía de mí desde el rincón de aquella habitación, desde mi propio rincón, desde lo oscuro que en tiempos fuera la luz que me cegara. Aquellas carcajadas estrepitosas que no cesaban, que en cada sonido partían un pedazo de mi alma ya tan rota. Veía mi error reflejado en cada risa, proyectado con forma de sonrisa sarcástica. Ya no me quedaban lágrimas. Lloraba sangre, la sangre que había escapado de mi corazón al hacerse pedazos. Sería imposible recomponerlos, aquel payaso desde su rincón pisoteaba los fragmentos como si de un cristal roto se tratase, consciente de que cada pedazo era un sentimiento que debía destruir.
A veces veía algún que otro recuerdo pasar ante mí, a veces una sonrisa, a veces una lágrima. Pero yo seguía allí, meciéndome, ajena a aquel oscuro lugar en que se sumía mi alma, quizás porque su opio ya me tenía adormecida. Mi rostro…, bueno, dudo que fuera el rostro de alguien vivo. Mi sufrimiento era con creces merecido. Había abierto la caja de Pandora y quitado el polvo a los Pecados Capitales que tenía sobre la repisa. En frascos, sobre el estante, deje etiquetados la alegría, la felicidad, el goce,…, en un frasco más pequeño una sonrisa por si acaso y en el fondo del arcón, en una pequeña cajita, guarde mi pasión bajo llave. Quemé mis amores en la chimenea junto con mis poesías de niña y abrí el Apocalipsis. Leí. Aun en él existía el amor. Cuanto añoraba ese sentimiento que no guarde en ningún frasco, simplemente se borró por traición, paginas ardientes que volaron con el viento en medio de la lluvia. Mi cabeza daba vueltas buscando un por qué que me hiciera resurgir, cuan fénix, de mis cenizas, pero solo encontré razones por las que esparcir mis cenizas al viento y olvidarme de vivir.
La primavera se pierde, se pasa el verano, tapan las hojas del otoño las heridas del tiempo y en el invierno de mi piel, bajo la nieve, quizás brillara una florecilla con la esperanza de una nueva primavera. Pero tan ciega estaba, tan concienciada de mi perdida, que aunque el sol hubiera brillado frente a mí yo solo hubiera visto oscuridad. No se cuanto tiempo pasé así, sumida en un frío invierno, meciéndome en la butaca, pero debió de ser mucho tiempo, tanto que ansiando el calor me acostumbré al frío y ya no concebía sentir otra cosa.
Oí un golpe seco. Pensé que era mi inerte cuerpo que caía por fin a la tierra camino del polvo. El golpe sonó de nuevo pero yo no acudí ha abrir la puerta. No moví ni un músculo como los vivos, ni me levante y ande como Lázaro, ni acudí como un perro a la llamada de su amo, mas bien espere como un condenado a su verdugo, como el moribundo a la muerte, pero a esta no le hacía falta su hoz, yo ya estaba muerta.
Las puertas del cielo y el infierno estaban abiertas. Entraron sin ruido y sin que nadie se percatara pues un Dios dormía en lo alto abrazado al perdón y los demonios y criaturas jugaban con el payaso a pisotear los pedazos que quedaban de mi corazón. Creí oír un susurro que me pareció incluso tierno pero las risas lo callaban todo. Mi mirada se hallaba tan perdida que aunque quisiese fijarla en un punto solo conseguía ver sombras, fantasmas de mis pesadillas. Tan joven e ingenua era, tan inocente, que no me había dado cuenta de la enfermedad que me mataba y aun medio viva estaba muerta.
Sentí algo muy cálido en mi mejilla, algo tan cálido, (o quizás yo estaba tan fría), que me quemaba. Una voz se metió en mi cabeza. “Mi vida, he vuelto. Mírame, aquí estoy. No puedo vivir lejos de ti. Es más fácil perdonar que castigar y más si el castigo es castigo también para mí. Si hay algo que he de perdonarte ya se te perdono al nacer, no se puede condenar a la rosa por ser rosa. Perdóname tú a mí por ser tan estúpido y no comprender que la pasión es apasionada y que el fuego quema. No me abandones ahora que te he encontrado, no me digas no ahora que me he dado cuenta de que debí decir sí.”
Era inhumano. Oía las risas de fondo y pensaba que aquel cruel fantasma ya no se conformaba con burlarse de mis recuerdos, sino que jugaba con lo que quedaba de mis sueños y mis esperanzas. No sé si grité para que callaran las risas o simplemente salió de mi boca un débil gemido, no sé si me agité como loca para asustar mi propio drama o simplemente permanecí quieta, asumiéndolo. Me sentí miserable y me puse a llorar sin siquiera sollozar.
Desperté de mi egoísmo. Oí un llanto que no era el mío. Alcé la vista y distinguí algo borroso. Mi espíritu se hallaba sumido en tal cerrazón que ya no era capaz de ver el mundo, de ver vida. El miedo al dolor me había causado dolor, el miedo a la locura me había vuelto loca. Abrí los ojos todo lo que pude mas tenía la sensación de tenerlos cerrados. Vi un rostro frente a mí pero no lo reconocí. “¿Por qué lloras?”, pregunté tontamente. “Creí morir y buscando la vida he matado a lo único que me la daba. Te he perdido teniéndote a mi lado. Eras una niña y te pedí ser mujer. Mi vida, ¿qué te he hecho?” Que extrañas palabras, que extraña figura pensé. “No te acuerdas de mí siquiera.”, dijo. Toqué su mejilla como si algo me lo pidiera. Conseguí atar una lágrima suya en mi piel y, mientras mi cabeza daba vueltas en lo oscuro, mis secos labios deseaban beber sus lágrimas una a una. Se acercó a mí y me rozo suavemente los labios antes de marcharse, un beso creí recordar que era. Me quedé quieta, meciéndome. Un beso sonaba tierno, sonaba quizás hermoso, dulce. “Hazme recordar por favor”, le suplique, palabras que no salieron de mi boca, sino de un lugar de mi alma que, desesperado, intentaba aferrarse a la poca vida que tal vez me quedaba. Se acercó a mí de nuevo, me cogió y me tumbó en el frío colchón, envolviéndome entre sus brazos tiernamente. Pero yo no estaba allí, yo seguía meciéndome en la butaca, pasando las hojas del Apocalipsis. Vi a un jinete que se acercaba a mí en su caballo y con su espada me atravesó el pecho, y su cuerpo siniestro atravesó mi carne mientras el viento entonaba un “olvida”. Mis grises ojos se abrieron entre lágrimas no mías. No había risas, solo un lamento. Él me tenía entre sus brazos, mi cabeza contra su pecho oía la angustia de su corazón. Un frasco se cayó y respire su aroma. “¿Por qué lloras?”, pregunté. “Perdóname por juzgar sin ser Dios.” Se abrieron las aguas de mis pechos y entre el río de sangre vi mi corazón de nuevo. “Desde los infiernos vi tu rostro en el cielo. Derecho tienes a juzgarme, tu eres mi Dios, yo tu criatura.” Me puse a llorar. Yo le clavé el puñal y sin embargo el me curaba a mí. Me abrazó mucho más fuerte. Su deseo llenaba mis pulmones como una fragancia embriagadora. Sentía como mío su deseo de tenerme, su sed de beber de mis labios, sus ganas de hacerme volar entre sus brazos, de ser su piel, su alma. Pero no hizo nada, se quedó así, abrazándome, como si fuera un sueño y al menor movimiento fuera a escapar de su mente. Me quedé dormida con la melodía de su respiración, con las notas que acompañaban mi rezo a un Dios que me había dado la oportunidad de una nueva vida.